Para muchos, los tatuajes conllevan estigmas de imprudencia, inestabilidad o problemas de salud mental. Sin embargo, para mí se convirtieron en un salvavidas. Después de años de caer en una espiral de abuso de sustancias (desde desmayos en la adolescencia hasta adicción a la heroína), fue el dolor deliberado y duradero de la tinta debajo de la aguja lo que me sacó del abismo.
La espiral y el desplome
Mis primeros años veinte estuvieron definidos por el caos. Robos, encuentros imprudentes y una necesidad desesperada de escapar a través de las drogas y el alcohol definieron mi existencia. Sabía que no podía mantener este camino autodestructivo indefinidamente, pero liberarme resultó más difícil que caer en él. El punto de inflexión no fue la rehabilitación o la intervención; fue un accidente automovilístico casi fatal. Acelerando por un camino oscuro, impulsado por el alcohol y las letras de Sublime, me salí corriendo del camino hacia los árboles. El impacto de la supervivencia encendió una nueva urgencia: necesitaba una nueva forma de manejar mi naturaleza impulsiva.
Encontrar alivio al dolor
Fue entonces cuando descubrí los tatuajes. El primero, una luna amarilla con estrellas y nubes, fue un intento desesperado de conseguir un subidón de endorfinas sin drogas. Acostado en la mesa, soportando la sensación de ardor de la aguja, acalló los pensamientos acelerados que no había silenciado desde la infancia. El dolor era una distracción, pero era una distracción limpia. Una forma de sentir algo intensamente sin autodestruirse.
Tinta como antídoto
Con el paso de los años, los tatuajes se convirtieron en mi mecanismo de supervivencia. Cuando me llegaban los antojos, me dirigía a la tienda más cercana y pedía el primer diseño que veía. El tatuador, eventualmente reconociendo mi patrón, intentaba guiarme hacia piezas más agradables estéticamente. Pero no se trataba de arte; se trataba del ritual, el dolor, el escape temporal de mi propia mente.
Del impulso a la intención
Finalmente, me mudé a Utah para realizar estudios de posgrado. La soledad y los viejos impulsos resurgieron. En lugar de recaer, busqué la única tienda de tatuajes del condado conservador. Allí conocí a un artista que se negó a darme un flash sin sentido. Me empujó hacia diseños personalizados, obligándome a esperar, planificar, pensar antes de actuar. Este retraso forzado fue la clave. El tiempo entre la consulta y la ejecución me permitió gestionar mis impulsos por otros medios: senderismo, pesca e incluso terapia.
El cambio de perspectiva
Al graduarme, mi cuerpo estaba cubierto de tinta, pero la urgencia se había desvanecido. Los tatuajes pasaron de ser una solución desesperada a una práctica deliberada. Cada pieza se convirtió en un hito, un recordatorio del progreso. Hoy, a los 50, tengo las mangas amplias. Los extraños todavía me miran fijamente y algunos me juzgan imprudente o inmoral. Un paciente incluso rechazó el tratamiento cuando se dio cuenta de que yo era el médico tatuado. Pero estas reacciones ya no duelen.
Una historia visible
Mis tatuajes no son marcas de vergüenza sino una hoja de ruta de mi recuperación. Las flores en mis piernas, las galaxias en mis brazos: cuentan una historia de resiliencia, fuerza y autoaceptación ganada con esfuerzo. Son un recordatorio constante de dónde he estado y a dónde me niego a regresar.
El arte en mi cuerpo no oculta mi pasado; encarna mi supervivencia. Y he aprendido que esa es una historia que vale la pena llevar en mi piel.
